INSTITUTO NUESTRA SEÑORA DE LA MISERICORDIA A-58

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Vida y Obra de Santa María Josefa Rossello


   En una de las más atrayentes playas marítimas de Europa, sobre el mar de Liguria, destácase ALBISOLA MARINA, distante dos kilómetros de Savona.

Un conjunto de golfos, muelles y navíos embellecen el amplio litoral, en el que viejas torres y modernas construcciones, jardines y villas varían el perfil siempre nuevo de los paisajes y ciudades.

   Allí nació, el 27 de mayo de 1811, BENITA, quien más tarde sería Sor MARIA JOSEFA ROSSELLO.

Bautizada el mismo día de su nacimiento, fue una verdadera bendición de Dios para su familia, su pueblo y la Iglesia.

Su casa paterna, que aún se conserva, es sencilla y acogedora.
   En el frente de la casa se ha colocado una mayólica de Mater Misericordiae y una placa recordatoria.

   Al cultivo de las buenas disposiciones naturales de Benita contribuyeron sus cristianos padres: Bartolomé Rossello y María Dedone.

   Tenían nueve hijos y, además, dos huerfanitos, recogidos por su mucha caridad. Para estos, lo mismo que para sus hermanitos, Benita se constituyó en una verdadera madrecita, solícita y cariñosa.

   No eran ricos; incluso sufrieron estrecheces económicas; el modesto taller de alfarería daba escaso rendimiento. Pero, ¡cuánta riqueza de fe y de paz en ese hogar!

   Viajando a Savona - siendo ya de dieciocho años - se detuvo a descansar en la colina de las Ninfas, desde donde se domina el mar. Extasiada, exclamó ante sus amigas:

"¡Oh, qué hermoso debe ser Dios!".

   Ella sentía ansias de apostolado: a veces, frente al amplio mar, se la veía seguir con su mirada la estela de un navío y luego suspirar: "¡También yo podría ir a tierras de misión!".

   El 10 de agosto de 1837, después de Vísperas, el Obispo dio canónicamente principio al Instituto "Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia", en la Casa de la Commenda, antigua propiedad de los Caballeros de Malta, situada en los suburbios, calle Vico del Vento.

   Es interesante conocer el inventario de la casa: para cada una un colchón de chala sobre el piso, a la cabecera una imagen sagrada y, al lado, una silla de paja. En la sala, que debía servir de oratorio y cuarto de trabajo, un crucifijo y una estatuilla de Mater Misericordiae; en el centro una mesa y sobre ella una lámpara de latón, al aceite, y algunos libros de oraciones.

   El 22 de octubre de 1837, festividad de Nuestra Señora de la Paz en la Diócesis de Savona, vistieron el Hábito religioso, símbolo exterior de su consagración a Cristo. Todas adoptaron el nombre de María, antepuesto al nuevo nombre elegido.

   El 2 de agosto de 1839 se unieron a Dios con los vínculos definitivos de la Profesión religiosa.

   En 1840, tercero de la fundación, la Comunidad eligió por voto unánime, Madre General, a Sor María Josefa.

   La obra inicial adquirió tal extensión que el local resultó pequeño para las cien niñas que frecuentaban la escuela.

   Casi todas las obras que fundaba las asistía durante cierto tiempo con su presencia. Su ejemplo servía de norma a las Hermanas en su vida religiosa y apostólica.

   El recuerdo del pasado le hacía fijar su vista en proyectos entusiastas para el futuro. "La primera Casa que encuentre - decía - la compraré en nombre de San José y la llamaré "Casa de la Divina Providencia", porque es la Providencia quien nos ha de conseguir la casa, y los medios para adquirirla y vivir".

   San José no se hizo esperar. Enterándose la Madre que los marqueses Lamba Doria estaban por vender su casa, situada a un kilómetro de la ciudad, sobre el camino que conduce al Santuario de Nuestra Señora de la Misericordia, resolvió comprarla.

   Al llegar el Obispo, la Madre a su encuentro y le transmitió la respuesta que interiormente había oído: "La Virgen me ha dicho que esta casa es Suya y que es necesario comprarla".

El Obispo, visiblemente emocionado, le respondió:

"¡Ah! ¿ya estáis de acuerdo? Pues si la Virgen ha dicho que sí, no seré yo quien diga que no".
   El 10 de mayo de 1859, aniversario de la Coronación de Mater Misericordiae, se inauguró la Casa.

   Al finalizar la ceremonia, la Madre llegóse al altar, acompañada por una niñita, que llevaba un pequeño pliego que la Madre colocó dentro de un corazón de plata suspendido al cuello de la imagen. Ese pliego era la oración de una madre a la Madre del Cielo, una ardiente súplica, con las intenciones más santas.

   El vigor de su fe radica en el amor que arde en su alma y la alimenta; y su mirada se fija en lo alto porque su corazón vibra por Dios.

   "Obrar, sufrir y callar, por amor a Dios" es consigna para sí misma y para las Hermanas. "Hijas mías, os consagro a María como hijas amantísimas; le ruego que siempre os defienda y os conserve en paz y concordia".

   Desde principios de 1880, alternaba la Madre la cama y el sillón. El 19 de marzo, festividad de San José y santo de la Madre, que ella bautizara como "Fiesta de los corazones", presintiendo su próximo fin dijo a las Hermanas, tendiéndoles, sonriente, las manos: "Es la última vez que celebramos juntas la festividad de nuestro Santo Patrono". "Dentro de poco no estaré más; pero sepan que en espíritu volveré y, si viven en recíproca estima y caridad fraterna, estaré siempre en medio de Ustedes para alegrarme".

   El 7 de diciembre, a la mañana, entró en un letargo. Por momentos, se persignaba lentamente, movía sus labios en una oración, sus ojos buscaban el Crucifijo. Como en un susurro repitió más tarde la suprema entrega: "¡Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu!" Entró en agonía.

   Las primeras Vísperas de la Inmaculada ya habían comenzado. La gran fiesta estaba abierta. A las nueve de la noche, plácidamente entregó su alma al Padre.

   Su cadáver quedó expuesto tres días. Ante él desfiló una muchedumbre incontable que comentaba ser verdad lo que los diarios anunciaron: En Savona, ha muerto la Santa. Fue sepultada en el cementerio local. En 1887 se trasladó su cuerpo a una tumba, a modo de capillita, muy modesta y austera, levantada en el jardín de la Casa Madre.

   Su fama de santidad hizo surgir el deseo de ver a la Sierva de Dios elevada al honor de los altares. El 23 de enero de 1913 se abrió el Proceso Informativo sobre la heroicidad de virtudes, en la Curia Episcopal de Savona y luego en la de La Plata. El 15 de noviembre de 1917, al efectuarse, como está prescripto, el reconocimiento del cadáver, la Madre apareció incorrupta.

   Colocado el cuerpo en un nuevo ataúd, fue llevado hasta la Iglesia de la Casa Madre, donde quedó más de veinte años, con gran gozo de sus Hijas y de cuantos la invocaban con fe.

   El 19 de marzo de 1936, Cuarto Centenario de la Aparición de la Virgen de la Misericordia, Su Santidad Pío XI proclamó la heroicidad de las virtudes de la Madre.

   El 6 de noviembre de 1938, en la Basílica Vaticana, fue exaltada por el mismo Pío XI con la Beatificación.

   El 12 de junio de 1949, Su Santidad Pío XII la colocó en los altares de los Santos, con la solemne Canonización.